Norma vino por un dolor lumbar. Cuando le pregunté, de rutina, si tenía pérdidas de orina, me miró casi ofendida: «No, no. Yo no tengo ningún problema. Tengo lo normal de cualquier madre: si me río fuerte o salto, algo se escapa. Como a todas». Llevaba catorce años organizando su vida alrededor de ese «lo normal»: qué ropa, qué actividades, cuánta agua tomar antes de salir. Hoy Norma se ríe fuerte. Y no se le escapa nada.
Quiero que este capítulo te quede grabado, porque es la puerta de todo lo demás: una cosa es que algo sea frecuente y otra muy distinta es que sea normal. La caries es frecuente; nadie diría que es «lo normal» y que hay que aguantarla. Con el suelo pélvico hicimos exactamente eso: como le pasa a tantas, lo archivamos en la carpeta de «cosas de mujeres» y aprendimos a taparlo.
Cuánta compañía tenés
Los números internacionales son contundentes, y te los comparto no para asustarte sino para abrazarte: aproximadamente una de cada tres mujeres tiene algún trastorno del suelo pélvico a lo largo de su vida. Entre las deportistas jóvenes —chicas que jamás parieron— casi la mitad tiene pérdidas al entrenar. Y de las mujeres mayores de 50, alrededor de la mitad tiene algún grado de descenso de sus órganos, aunque muchas ni lo saben. Mirá a tu alrededor en cualquier reunión: no estás sola ni cerca de estarlo. Estás rodeada de compañeras silenciosas.
¿Y sabés qué es lo que más me duele de esos números? Que la mayoría tarda años en consultar. Años de toallitas «por las dudas», de dejar el gimnasio, de decir que no a un viaje, de fingir dolor de cabeza para evitar la intimidad. Mientras tanto, la publicidad les vende resignación en paquete: apósitos cada vez más finitos, más discretos, más perfumados. Como si el destino de una mujer fuera absorber el problema en vez de tratarlo.
La buena noticia (que nadie te dio)
Esto se trata. La rehabilitación del suelo pélvico tiene décadas de evidencia, y la mayoría de los casos mejora muchísimo con tratamiento conservador: información, hábitos, entrenamiento guiado. Sin quirófano. Y otra cosa que aprendí de mis pacientes: no hay fecha de vencimiento. He visto mejorar a mujeres de 70 y de 80 años que llegaron diciendo «ya está, a mi edad…». El músculo aprende a cualquier edad. La que se entrena a los 75 mejora a los 75.
Y hay algo más, que no es muscular pero cura igual: hablarlo. Cada vez que una mujer lo cuenta —a una amiga, a una hermana, a su hija— otra se anima a consultar. El silencio es el mejor amigo de este problema. Vos, leyendo esto, ya empezaste a romperlo.
Tu suelo pélvico dice
Yo no me resigno: me adapto. Si nadie me ayuda, me las arreglo como puedo —y a veces se me nota—. Pero dame información, entrenamiento y un poco de paciencia, y te demuestro de lo que soy capaz. No me des por perdido: ni a los 40, ni a los 60, ni a los 80.
Hacé esto hoy
- Probá un cambio de lenguaje: en vez de «me hago pis de risa», decí «me parto de risa». Las palabras también entrenan.
- Pensá qué actividad dejaste de hacer por este tema. Anotala: va a ser una de nuestras metas.
Para charlar en la consulta — anotá y traé
- ¿Desde cuándo notás los síntomas y qué hacías para manejarlos?
- ¿Qué cosas dejaste de hacer (deporte, viajes, intimidad, juegos con tus hijos o nietos)?
- ¿Qué te gustaría recuperar primero? Esa va a ser nuestra primera meta.