Alicia, 63, llegó derivada por su hija, y llegó enojada. «El médico me dijo: señora, es la edad. Que me ponga una crema y me acostumbre. ¿Acostumbrarme a qué? ¿A no dormir por levantarme cuatro veces al baño? ¿A que me arda? ¿A no tener más intimidad nunca?». La dejé enojarse: el enojo, bien usado, es un combustible espectacular. Armamos su plan completo. A los tres meses dormía de corrido casi todas las noches, el ardor era historia y —palabras de ella, con una sonrisa que no le entraba en la cara— «volví a ser señora de mi cuerpo».
Qué está pasando ahí abajo
Con la menopausia bajan los estrógenos, y los estrógenos eran los jardineros de tu zona íntima: mantenían los tejidos gruesos, húmedos, elásticos e irrigados. Con menos riego, el jardín no se muere: cambia. Los tejidos se afinan y se secan (por eso el ardor, la molestia con la ropa o en las relaciones), la uretra pierde parte de su acolchado (por eso más urgencias e infecciones urinarias), y los músculos, como todos los del cuerpo a esta edad, pierden masa si no se los entrena.
Ahora, el punto clave, el que le devolvió el mando a Alicia: la menopausia no te rompió. Lo que suele hacer es destapar lo que venía justito —un suelo pélvico que ya trabajaba al límite, sostenido por hormonas que ya no están—. ¿La consecuencia práctica? Todo lo que las hormonas hacían solas, ahora lo conseguimos con plan. Y el plan funciona.
El plan de la segunda primavera
- Hidratación de la zona, todos los días: un hidratante vulvar/vaginal de uso regular (distinto del lubricante, que es para el momento íntimo). Igual que la crema de cara: constancia, no milagro. Anclalo a la ducha.
- Opciones locales con tu ginecóloga: existen tratamientos locales (por ejemplo, estrógenos en dosis mínimas aplicados en la zona) que a muchísimas mujeres les cambian la calidad de vida. No es automedicación ni es para todas: es una conversación que te debés con tu médica. Llevala anotada.
- Fuerza, dos o tres veces por semana: músculo y hueso son tu jubilación física, y se cobra en años de autonomía. Sumada, claro, tu rutina de suelo pélvico de siempre.
- Mirar, mover, tocar: la zona sigue siendo tuya y sigue en tu mapa corporal. Espejo cada tanto, tu entrenamiento diario, y tacto sin apuro (con hidratante, conociendo texturas). Lo que se habita, se mantiene vivo.
- Sexualidad, si querés y como quieras: la actividad sexual —con pareja o sin ella— mantiene la zona irrigada y elástica: es, también, terapia de tejidos. El deseo en esta etapa cambia de forma, no de existencia: suele necesitar más tiempo, más contexto y cero dolor. Si hubo dolor o años de pausa, retomamos con calma y, si hace falta, con dilatadores. A cualquier edad. Sí: a cualquier edad.
- Noches en paz: revisamos juntas los despertares para orinar (líquidos tarde, café, medicaciones, y el entrenamiento vesical del capítulo 5). Dormir de corrido no es nostalgia: es un objetivo de tratamiento.
Tu suelo pélvico dice
No cerré. Estoy en obras: cambié de proveedores y estoy reorganizando el personal. Las obras molestan, pero se terminan — y quedan mejor las casas renovadas que las abandonadas. Tocá timbre igual, que yo atiendo.
Hacé esto hoy
- Si ya tenés indicado tu hidratante, usalo hoy después de la ducha (y todos los días: ancla nueva).
- Caminá 20-30 minutos a paso enérgico. Tu segunda primavera se riega también desde las piernas.
Para charlar en la consulta — anotá y traé
- ¿Cuántas veces te levantás de noche y qué tomás desde la tarde?
- ¿Tuviste infecciones urinarias repetidas este último año?
- ¿Qué te dijeron sobre esta etapa que te haya enojado o entristecido? Revisémoslo juntas: quizás era mito.